Transpapelación [11-02-11]

Transpapelación

Dr. Salomón Espinoza
Colegio Universidad Pontificia y Real de Santa Catalina de Toledo

La transpapelación (o traspapelación, Populus dixit), lejos de sugerir una candorosa enfermedad tropical, es uno de los supuestos metafísicos más fecundos para el pensamiento filosófico posmoderno.1 Propongo exaltar este concepto, que sin rencor se eleva etimológicamente al nivel de los prestigiados vocablos transmigración, transubstanciación y transculturación, caprichosos armatostes que mal enmascaran el gusto que experimenta el hombre al evadir la realidad. Si como denunciaba Anatole France, ‘toda apariencia es realidad en el mundo’ la facultad de evadirse resulta ser la técnica emblemática del hombre posmoderno.

Salinger (el astuto Salinger) invocaba, no sin melancolía, un improbable modelo de escritor, que fuese abstemio incorruptible de la burocracia editorial. Se cuenta que el Obispo Juan de la Casa sostuvo una prolongada lucha contra los demonios de la edición. Macedonio Fernández, más radical, contra los de la acción. Vanas y fatigosas involuciones. No obstante aplicar toda su agudeza en la consecución del fracaso, el escritor sigue triunfando.

Nuestra feliz época no envidia esas complejidades. Todo hombre, valga el ejemplo, participa activamente de la esperanza divina cifrada en la transubstanciación, malicioso fenómeno que consiste brevemente en ofrecer un doble intercambio simbólico, en el cuál una de las partes ofrece una realidad enmascarada de apariencia y su contraparte obtiene una apariencia pretendida como realidad, (esto se aproxima a una definición muy grosera de la Fe). En el intercambio simbólico el ser es capaz de aprehender la realidad, dado que se presupone él mismo como apariencia. ¿Qué realidad? no importa. La que se quiera.

Queda entonces, para el escéptico irredento, la emulación flagrante del orden demiúrgico sobre el plano terrenal, la burocracia mesiánica. Nuestra época abomina de la salvación, puesto que se nos impone como evasión de la muerte. Sólo el desorden simbólico puede irrumpir en el código. El Cristo nos vedó por siempre la épica, Judas la lírica. La gloria no es ya una incomprensión, sino una humildad.

1 (El término posmoderno es tautológico. Si lo moderno es aquello que sucede a lo anacrónico, lo que sea que esté a continuación de lo moderno, no puede ser más moderno, y deviene en pos-anacrónico. Desgraciadamente, algo sólo puede denominarse como anacrónico si es referido con respecto a un algo más, en todo caso un acontecimiento futuro. Pero la referencia respecto del futuro es imposible, dado que el futuro sólo puede ser lo que aún no es; verbigracia, la esperanza, que es posmoderna por naturaleza.)