SÓLO LLÁMENLO.. (Certamen de Infamias) [050614]

.

Decidí montar un acuario. Compré una pecera. Siempre me han aburrido los peces domésticos, dije al dependiente. Preguntó por mis hijos. Yo le ofrecí mi American Express.

Incluir caníbales y asesinos me pareció redundante. Descartamos a la piraña, al cirujano y a las morenas. Acarició su barbilla y guiñó un ojo. Creo saber lo que busca, afirmó. Él aguarda por su cliente, sí… Venga conmigo, dijo.

Lo seguí. Habló de ignotos y vandálicos peces tropicales; del taimado pez cuchillo, que apuñala en los recovecos; de oceladas rayas subterráneas de intocable cauda; ponzoñosos y clascistas besadores…

Me descubrí absorto en la contemplación de una actiniaria luminosa. Deslizaba mis dedos apenas rozando el cristal de un extremo a otro muy lentamente, imitando el ritmo elemental de aquel prodigio. El zumbido multiplicado de innumerables lámparas, bombas y filtros me sumergió en insondables pensamientos…

Dedujo el riesgo que implicaba permitir que mi imaginación volara más rápido que mi chequera. Dijo entonces pez león o pez escorpión, o dijo león y escorpión en un solo pez… Aquello me sugirió el chocante concepto de una quimera o, lo que es peor, una quimera marina.

Quiero mostrarle algo, dijo, pero le advierto que es costoso. No entendí si se refería a la compra o a la mera contemplación. Esto va a interesarle, sí… Él aguarda por su cliente, repitió. Acompáñeme. Le advertí que la mueca de marinero no era necesaria.

En el almacén, bordeando el último par de anaqueles. Él llegó hace unos días… de las duras y heladas aguas de Suecia y de Finlandia… de las recónditas entrañas de la tierra… de entre los caprichos retorcidos de la naturaleza… Vi una pecera mediocre. Al centro, un castillo morisco, rodeado de pardas algas deshilachadas. Dos aspectos despertaron mi curiosidad: el tanque se encontraba iluminado por una lámpara de luz negra y, en él, aquella agua opaca, que más allá de no haberse filtrado jamás, sugería la presencia de un soluto duro y fino, siempre suspendido allí.

Esforzándome, apenas distinguía nada a través de esa agua nebulosa. El dependiente se llevó la mano izquierda al bolsillo de su camisa hawaiana, como quien se prepara a tomar nota o emitir una factura y, para mi desconcierto, extrajo una aguzada pieza de metal, que imitaba un arpón en miniatura. Ahora lo verá, me dijo.

Con aquel extravagante instrumento comenzó a rasgar la tela del agua, marcando breves y veloces círculos sobre su superficie.

Algo debió agitarse allá en el fondo, despertando entre la maleza; y de la bruma, levantando una nube de cieno, emergió de nuevo ese diablo furioso. Quise inclinarme sobre la pecera, pero no demasiado, me aconsejó. Aguarde. Extrajo de su bolsillo un manoseado libro de proverbios y arrancó una página al azar.

Yo me debatía por cercar en mi mente la idea de aquel bicho relumbrante. Debía poseer para tal efecto una piel excepcionalmente blanca, concluí. Mi arponero sonreía mordisqueando su acero, en tanto ejecutaba audaces dobleces sobre la hoja, hasta que de sus manos emergió quieto un altivo barquito de papel. Con delicadeza lo posó sobre la superficie, mientras intentaba explicarme algo sobre la ingeniería genética o la clonación en su lengua incomprensible.

Entonces, la diminuta bestia calculó la distancia hasta nuestra embarcación y, en medio de una calma que me pareció insoportable, arremetió furiosa contra el instantáneo ballenerito, aplastando en su camino las cuadernas de estribor, justo por debajo de la línea de flotación, para finalmente, luego de un soberbio coletazo, enviar al fondo del anónimo océano aquella suprema obra de la ingeniería humana.

Ya el barquito desplegábase lentamente bajo el agua y aquel perverso espécimen descendía satisfecho a sus secretas oquedades.

Me obsede la sospecha de que, tras aquellas algas enfermas y esa agua casi mineral, su ojo vigilante no dejó nunca de observarnos, hasta que por fin salimos del almacén.

Tardará un par de semanas, dijo, sin dejar de guiñarme. Sólo llámeme… Estreché su mano como quien cierra un buen trato …Sólo llámeme, repitió.

Miré en el gafete de la tienda de mascotas que iba prendido a su chillona camisa… ¿…Ismael? No, replicó tomando la amarillenta identificación con los ganchudos dedos de su mano izquierda. Con extrañeza, la observó un momento y raspó lo que pudo ser una mancha de chocolate reseco sobre el enmicado: Israel, reconvino.

Esto me pareció ya excesivo y abandoné enseguida aquella tienda.

.

..para Hugo

..para la familia Posadas-Hernández,

esforzados acuicultores.

.

* * *

 

Imagen

Anuncios