Correspondencia Limítrofe [frag.]

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En el lugar donde vivo no hay muchos lugares tranquilos a donde poder ir durante el tiempo libre, así que paso la mayor parte de mi tiempo en la Universidad donde estudio. A mí me gusta el campo y los árboles, sobre todo los árboles viejos y grandes. Pero la gente que vive aquí no cuida a su naturaleza, y ya casi no quedan áreas verdes. Las casas aquí dejan muy poco espacio para el jardín, y sólo las personas viejas cultivan flores en macetas. ¡Yo disfruto mucho los nombres de las plantas! Sobre todo los raros, como el de “correvuela”, que es una plantita silvestre que crece en todas partes, y luego da flores blancas y lilas. Cuando escucho su nombre, imagino que está apurada por llegar a alguna parte, y como ella misma ya no sabe a dónde va o por la prisa lo olvidó, le ha dado por crecer en todos los lugares al mismo tiempo.

También me gustan las rosas, sobre todo las silvestres, porque aunque todas se llamen igual, no tienen nunca el mismo color y uno puede ponerles el nombre que más vaya con dicho color. Por ejemplo, “Amaranta” o “Daniela” sería para algunos tonos que van del amarillo al anaranjado, incluyendo el dorado. “Sofía” es para las rosas rojas, de espinas púrpuras o negras. “Úrsula” para las rosas del rojo vinoso al púrpura y negro. “Adriana” para las rosas nacaradas y “Susana” para las blancas de tallo brillante. Luego podríamos considerar otros aspectos distintos al color, como el tamaño de su flor, por ejemplo. Así, cada rosa tendría dos nombres, y una rosa bien anaranjada, redonda y proporcionada, se puede llamar “Daniela Arminda”. Hay nombres que podrían contener más de un carácter a la vez, como el de “Eduviges”, o el de “Macarena”, que daría una rosa encarnada de hojas con suaves bordes marrón, apenas abierta.

Pero la gente acostumbra ponerles nombres más bien chocantes, como el de “Tigridia”, variedad de rosa que tiene bien poco de fiera y mucho más de tarde antigua, con sabor de pan y sol. Yo la llamaría “Sonia”, porque en alemán la palabra “sol” tiene género femenino: “Sonne”, mientras que la luna tiene género masculino: “Mond”. Lo que además desmiente a las maravillas la supuesta inconstancia tradicionalmente atribuida a las mujeres, siendo en verdad el hombre mucho menos perseverante, tanto en sus proyectos como en el amor mismo, y esa puede ser la causa de que las flores no lleven nunca nombres masculinos, pues de ser así seguramente sería harto difícil acostumbrarse al ritmo de su floración, dando flores ya uno o más años sí, ya uno o más años no. Con excepción hecha, que yo me acuerde ahora, del clavel, que como puede verse es bien complicado de cultivar con regularidad. Más apropiado sería para ella el nombre de clavelina, cuya perseverancia es popularmente reconocida por aquel verso de Quevedo que dice más o menos así:

“Rosal, menos presunción

donde están las clavelinas

Pues serán mañana espinas

las que ahora rosas son”

 

Hasta aquí he tomado un camino bastante largo para llegar a donde quiero, que es la música, pero para ello he de recorrer todavía un buen tramo, pues tu y yo nos conocemos bien poco, y lo mejor sería que esta carta hablara de tantas cosas como fuera posible y que de entre todas pudiéramos hacernos entre ambos una idea satisfactoria para ambas partes.

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