Esperar por Godot [Ensayo, fragmento]

[…] Aun cuando resulta plausible que un día como seres humanos lleguemos a limar nuestras desavenencias con el televisor, queda sin resolver el problema que Godot nos plantea: la existencia de palabras vacías en nuestra continuum discursivo. Palabras que carecen de referencia a objetos, situaciones, o cosas de nuestra realidad. Hoy por hoy, inmersos ya en el fabuloso siglo XXI (y lo más asombroso de este siglo, al menos en su primera década sigue siendo el patético Facebook) aún no tenemos autos voladores, teletransportadores personales, viveros en Marte o amantes sintéticas codependientes. Pero eso no es, como decía, el mayor de nuestros problemas. Resulta que no tenemos todavía, como seres humanos, la capacidad de referir (esto es, de relacionar a algún aspecto concreto de nuestra realidad fáctica o práctica) la palabra amor a algo más. No tenemos un significado para esta palabra, no tenemos para ella una definición ni vaga ni satisfactoria. Por pura desidia seguimos llamando amor, en todas sus variantes y conjugaciones, a todas aquellas situaciones vagas e indeterminadas de nuestra relación con el mundo o sus seres. Si al leer este ensayo usted realizó exitosa o al menos satisfactoriamente uno o los dos retos televisionudos que le propuse con anterioridad y aún así sobrevivió y desea seguir leyéndome, sobre advertencia le digo dos cosas: la primera, ya voy a terminar; y la segunda, pruebe (se lo desaconsejo ampliamente) asediar a su pareja con repetidos e imprevisibles “Te amo(s)”. Atrinchérese, si gusta, en el hueco detrás del sillón familiar y sorprenda a su amante (si se atreve usted a llamar amante a la persona a quien le va a hacer esto) emergiendo sorpresivamente de su escondrijo para susurrarle al oído estas palabras o escóndase en el refrigerador (puede desconectarlo previamente si padece hipersensibilidad dental) y espere a que su “objeto de deseo” sucumba a la inmarcesible tentación nutricia, acudiendo en el acto a prepararse una torta de aguacate, y alcáncele usted mismo desde el interior el consabido fruto del pecado pronunciando su sentencia de pasión (sin que le tiemblen los dientes) o si prefiere aguarde a que el llamado de la naturaleza convoque a su doncella(o) a “echar un cake”, “soltar la nutria”, “echar un topo al remolino”, “liberar a Willy”, etc., y aproveche para deslizar a su lado aquellas aladas palabras (una variante de este último ejemplo sugiere el uso de una grabadora con sensor, que se active al momento de sentarse en el “trono” o bien al tirar de la cadena, a semejanza de nuestro ponderado transporte público y sus ilustres representantes, todo con el fin de evitar la exposición directa al peligroso metano y a una improbable pero plausible explosión). Haga todo esto, maldita sea, si quiere que su relación termine desastrosamente como ese papel de baño barato que se rompe al mojarse o como esos frijoles de lata mohosos y resecos que alguien olvido en el refri hace seis meses. Hágalo, en fin, y no me culpe pues sepa desde ya que pronto se encontrará nuevamente frente a nuestro viejo amigo el Sr. Televisor, más solo que la tortilla de hasta arriba al final de la pachanga, repasando entre dientes la vieja frase con la que expulsaron a la cruda realidad su corazón sangrante como un tampón usado (una vez más):

 

“…creo que deberíamos salir con otras personas.”