GÉNESIS SENSORIAL – JOSÉ J. GONZÁLEZ [POETAS DISLÉXICOS]

El poeta José Jesús nos comparte este hermoso poema. Veamos.

Revista Literaria Dislexia

Cuando nos tocamos un universo se expande en nosotros,
el ruido de los besos y los pasos giran hasta conjugarse
nos extraviamos en la manía de nuestras miradas,
el frenesí del instante-ya y la cordura multivérsica,
como música y flores antes del atardecer.

Somos dos extraños amándonos misteriosamente,
una mueca en todo el sistema sensorial de nuestros labios
el aromático deseo de la difuminación táctil,
un secreto mareo que hace sucumbir estos espíritus
anestesia y sinestesia figurativa y paralelepípeda.

Cuando caminamos el sol viaja entre nuestras manos,
la lluvia detiene su curso y retrocede como droga,
tiritirante como la centella cruzando tus pupilas
haciéndome renacer en cada nueva sílaba de tu cuerpo y nombre.

556794_357525270981455_302008481_n  -José Jesús González, 2015.

Ver la entrada original

Anuncios

DIMINUTA ORACIÓN DE LO NO DICHO – LEOBARDO HERNÁNDEZ [POETAS DISLÉXICOS]

Una colaboración de mi amigo Leobardo Hernández, poeta.

Revista Literaria Dislexia

Nadie sabe lo que vive en los cristales
cuando suenan las gotas en su cuerpo,
no sabemos qué sienten, por qué no tiritan
ahí todos empapados y llenos de frío
mientras callan y solo ven calles,
acaso pocas veces ven para sí, pocas veces
voltean por ver a los amantes
disolviéndose en sus labios
o los labios infantiles confesando
ante su perro. Pocas horas pasan, los cristales, íntimos
porque las aves de repente, en la ceguera o la persecución
de su reflejo, tropiezan en su pecho con su pecho,
pero no importa mucho mientras se llene
de color el plumaje después del choque
y huya la muerte del lugar en cuanto pasa el instante.
Así, ignorantes de la vida pendiente de la ventana,
la tocamos como haciendo la silueta
de la que va pasando y nos gusta y se queda grabada
por nuestro dedo en la transparencia del aire quieto.

Ver la entrada original 28 palabras más

Rara avis

.

Para “el Jefe”.

.

Perdí mi empleo. He decidido invertir mi liquidación. Ahora soy un adicto a los sitios de compras por internet. Cada noche repaso los catálogos. La categoría de joyas está llena de estafadores. Sólo hay imitaciones entre las antigüedades. Y en la solapa de arte ningún vendedor parece tener futuro.

Decidí refinar mi búsqueda. Pienso adquirir el mayor valor por el precio más bajo. Doy click en la última categoría, otros. Se subasta un lote de pajillas, a un peso por pajilla. Alguien intenta vender un mango Manila arrugado por un millón. Un bruñido Ganesh promete quintuplicar el monto de la puja al ganador.

Regreso. Aquí hay nuevamente una solapa que dice otros. Click. Un menú cuya última opción es otros. Click. Dos productos finales: Un servicio de mensajería subliminal personalizada y algo que de lejos parece un pequeño disco de barro o terracota. Elijo nuevamente.

La descripción reza:

TRASPASO
ÚNICO DUEÑO
PEDIGREE Y CHIP
PAPELES EN REGLA
(La fotografía de un pasaporte repetidamente sellado en El Cairo)

Intento ampliar la fotografía pixelada del producto. Más de cerca parece un cenicero barnizado con forma de sombrero mexicano. En el centro una pizca de ceniza negro cuarzo.  “…por mudanza a la costa. No se admiten mascotas. Peligro de incendio. El aire acondicionado le vendría mal…”

Entre sus cuidados figura el llevarle a Egipto durante el verano, al menos una vez cada cien años, y alimentarlo con una dieta exclusiva a base de papeles, cartas y viejas fotografías. (La oferta de veinticuatro horas incluye una caja de zapatos llena con dos kilogramos de impresiones en papel. En su mayoría nubes, pirámides mesoamericanas, flores desenfocadas y de vez en cuando alguna mujer desconocida a la orilla del mar…)

Repaso con melancolía la nota adjunta. Sobre mi mesa de noche el embalaje disperso y la caja de zapatos. Le he acondicionado el horno de la estufa, ya sin los trastos acumulados. Ahora sólo resta ponerle un nombre apropiado.

Anoche volvió a despertarme un fuerte olor a galletas.

.

.

11899968_1008254262539783_9026707815399298044_n

.

.

[julio/2015]

[070715]

La verdad es que no sé bien. Bien, quizás es todo esto de Freud y Lacan, te digo. No me siento incómodo durmiendo con una mujer, algunas huelen bien, otras me marean y su olor no me deja dormir. Tengo que ponerme una almohada en la nariz o algo alrededor de la cara.

Bueno, siempre son distintas, las vulvas, debo decirlo, esas cosas. Son siempre una sorpresa. Pues no me fijo tanto en ellas cuando lo hacemos, no soy malo en todo esto. Lo extraño viene del espacio. Porque al otro día los cuerpos parecen ocupar un espacio distinto. Andar de aquí para allá, fuera del sexo.

Tengo una relación complicada con el espacio. Siempre encerrado, siempre dando vueltas. Me gusta mover cualquier cosa de lugar. Las cosas se aburren y no pueden moverse, piden a otros moverlas. Me llaman y todos contentos. Las mujeres tienen algo de mobiliario. A la mierda tu feminismo. Para ellas tiene otro sentido, que no vemos. Hay una mujer que es otra cuando se sienta, otra cuando se recuesta en un diván y otra, que es la misma, cuando se enrosca como un gato sobre un cojín. No se puede tratar igual a esta mujer en cada caso, porque es como tratar de hablarle a la Santísima Puta Trinidad.

Después del sexo yo empiezo a dar vueltas por la casa. Quiero habitarla toda. Ir a la cocina o al sillón. Empiezo a marearme si me quedo acostado más tiempo, no es una grosería. Quisiera sentarme al borde de la cama y estirar el cuello. Me cuesta trabajo hablar en posición horizontal, debe ser algún defecto fisiológico. Tengo la mandíbula algo dislocada. No respiro bien.

De todos modos, hay que hacerlo al día siguiente. Salir de la cama y dar vueltas por ahí. Es donde empieza a ponerse dura, la idea, quiero decir. Tal vez jamás tolere vivir en compañía. Mi cabeza tiene alguna vibración lenta, como una onda corta. La mayor parte del tiempo soy un estúpido, no puedo pensar muy rápido. Mi pensamiento es como uno de esos objetivos de gran ángulo, parecen abarcar más una imagen, pero empiezan a perder definición al centro y por los ángulos.

Bueno, tal vez me molesta chocar con el pensamiento de alguien por la mañana. De pronto es como sí me pusieran una bolsa de plástico en la cabeza. Bien, así me siento. Como si me interrogaran con una bolsa en la cabeza. No quiero hablar, sólo quiero pensar pero no puedo hacerlo con alguien cerca. Me duelen los dientes. Sería mejor ponerse a leer o escribir algo. Tomar algunas fotos.

Peleamos mucho en las mañanas. Ya lo he intentado todo. Tengo malos hábitos. Como decía, también detesto la compañía masculina, es por el espacio a veces. Pero te puedo decir que he vivido en casas grandes y vacías, no no me molesta tanto esa compañía entonces. Los hombres son silenciosos, para hablar, no piensan realmente gran cosa, así que dicen poco lo que piensan. Las mujeres piensan mucho, mucho más. Piensan de todo en un instante y te lo quieren decir en un instante y que lo entiendas. Como embarrarte un puto Aleph en la cara y tienes la obligación de responder.

Es difícil vivir en casa con una mujer. Tienen un campo de ingravidez alrededor, tal vez sea algo vaginal, algo que siempre se hunde en el centro. Hay que ser siempre un poco una mascota para ganarlas. Odio a las putas mascotas. El universo de la mujer es Baudrillardiano. En el sexo están bien, dejan de pensar apenas las tumbas. Digo que uno no puede dejárselas adentro todo el día, ese es un problema. Al huevo con tu feminismo. Debes ser como una mascota y mover la cola cada vez que diga tu nombre y babear, mucho. Creo que el sexo es para calmarte. El sexo termina en un par de meses y te puedes echar en la alfombra como un buen perro. Con la condición de que ya no lo pidas. Hasta te dará de comer por el resto de tus días.

Bueno, pasa que eres un mal perro. Yo siempre quiero pensar y empiezo a dar vueltas y a veces escribo cosas de estas. No lo entenderás, es ese cuerpo. La evolución que te cagas. Son el verdadero culmen de la biología. Las tetas te dan superpoderes, no digo para ponerlas en esas puterías de redes sociales. Hablo de un verdadero sexto, séptimo y octavo sentido. Los que quieras. Ver más allá de lo evidente. Les puso un seguro, la biología. Lo pierden todo al dar vida. Por eso se llama dar vida.

Entonces, ya sabes. Por la mañana es comenzar a dar vueltas sobre ese olor picante. Ya no es ta gracioso, no sé diez años después. Se convierten en hombres después, nunca han sido mujeres, no existen las mujeres o los hombres sino los fabricados por la cultura. Diez años después los hombres empiezan a mear sentados por tanto cansado sexo y las mujeres son robustas como troncos. Y cada mañana exigen su falogocentrismo nuestro de cada día. Pobre si te equivocas. De cualquier forma nunca podrás acertar una sola. Ese lenguaje está fuera de tu alcance, porque no es de este mundo. Lo único que puedes hacer es inventar estupideces, hasta que caiga otra vez la noche.

LOS MUERTOS NO CUENTAN CUENTOS [FULL HD] [311014] (pre)

Los muertos no cuentan cuentos

[Drama de Leerse en Mini Actos]

I.

—Desde esta altura puede verse casi todo el centro del valle, —dije—. Como ves no es muy grande. Ese, que parece elefante, es el Cerro de la Teresona. Nunca debes ir allá, porque espantan. Ese bulto de enmedio es el cerro del Calvario. Tampoco vayas, ahí roban. Y ese terreno pelado era el parque de los Venados. Ahí matan.

—Veo que no hay muchos lugares a dónde ir por aquí.

—Ya te acostumbrarás, como todos. Lo mejor es que no salgas de aquí si no es para irte a tu casa.

—¿Y la pintura?

—No es pintura. Es mural. Lo pintó un wei de Tenancingo.

—¿Así que ustedes vienen seguido acá arriba?

—De vez en cuando. No nos dejan subir cuando hay niebla.

—Supongo que alguien podría resbalar por aquí con toda esa niebla. ¿Nunca ha pasado?

—Una vez. Hace casi un año.

—Desde aquí no parece una caída mortal.

—No fue desde aquí. Este remedo de acantilado puede dividirse en tres partes, de dos la caída no es fatal. La tercera nomás tiene boleto de ida.

—¿Y, la vieron?

—Sí. Salió en el Metro. Hijos de la chingada. De todo hacen carne, ya sabes “Buscaba la verdad y encontró la muerte”. Era de…

—…de filosofía. Yo también lo leí.

—[…]

—Mira, cayó por ahí, entre esas piedras afiladas. Dijeron que se había tirado sola, pero el caso es que en las fotos llevaba la mochila. ¿Te das cuenta? Por ahí, entre esos matorrales, un poco a la derecha ¿ves?, bueno por ahí subimos el otro día y ¿sabes qué encontramos? Pues nada menos que un libro.

—¿De qué?

— […]

—Una Historia de la alquimia. Una vulgar edición del Fondo de Cultura. Le faltaban hojas, donde venían las ilustraciones. Qué curioso ¿no?

—Yo también me aventaría si tuviera que leer algo así.

—Pero no entiendes. Es que no lo estaba leyendo. Alcanzó a agarrarse de él cuando la aventaron.

—Alcanzó a agarrarse de él cuando la aventaron.

—Si vienes en la noche con nosotros, te enseño las páginas que le faltaban al libro…

—[…]

—¿…qué tal: “Licenciada en Suicidio”?

II.

                Empezaron a fumar desde temprano. Iban directo. Ya se habían saltado a Bunbury y Héroes, iban en Chavela y San Pascual. Pink Floyd aguardaba. Algo se dijo de Homero y unas aladas palabras. No quería volver sobre el tema, pero el alcohol era demasiado guarro para entretenerse mucho y había que hablar de algo.

—Hay quien dice que cada vez que cometemos un acto prohibido se abre una puerta oculta en nuestra mente o algo así. Lo que la gente llama magia o brujería no es sino una manifestación de los pensamientos del espíritu, como los sueños.

—¿Dónde leíste eso?

—Por ahí.

—¿Y tú has cruzado esa puerta?

                El silencio fue incómodo. Les cayó como sandía en ayunas. Más de uno pasó los ojos por el piso asqueroso. Alguien dijo que iba al baño. Dos salieron a masturbarse mutuamente en la oscuridad. Luego vino la historia de rigor.               

—Y bueno, ¿no me ibas a enseñar los dibujos?

—No son dibujos. Son símbolos ¿Qué sabes del exilio de los judíos en Babilonia en el siglo V antes de Cristo? ¡Sabes que la próxima semana entregamos el ensayo sobre el Gilgamesh, y quiero discutir la influencia del pensamiento judío en el texto y el origen de la escritura! ¿¡qué te parece!?

—Bueno, me parece que estás forzando el…

—¡Piénsalo! ¡La cacería sagrada del oscuro Enkidú a través de los bosques del Líbano! ¡La fe en la existencia de una flor ultraterrena que devuelve la vida a los muertos! ¿No es el tema cristiano del fruto prohibido, la sabiduría y la traición? ¡La puta traidora, la deshonra y la expulsión! ¿Qué tal, eh?

—Es un tema difícil y realmente no he leído sobre…

—¡Hasta he pensado que podrías ayudarme! Creo que el tema es algo muy tuyo.

—No, lo que pasa es que no quisiera…

—Quiero que me ayudes a buscar un libro. Un libro que no encuentro. Aparece en el catálogo de la biblioteca, pero no está donde debe. Estará mal acomodado por ahí, ¿podrías? Qué tal el lunes en la tarde…

                Come on/now/I hear you’re feeling down/I can ease your pain/get you on your feet again/…/

III.

—Ven, por aquí. Mira, el libro no lo encuentro donde debería estar. Alguien pudo meterlo en otro lado. Ahora ven, por acá está el libro que trae la referencia. Este, dice: Simbología esotérica del arte Oriental antiguo. Las páginas centrales: “el sincretismo religioso entre el paganismo babilónico y la tradición cabalística de la diáspora…” más adelante. “… el mito fundacional judío halló en Babilonia el sustrato ideal que más tarde daría origen al Pentateuco; por primera vez la idea de Dios se unió a la idea del Libro… ”

—Bueno, yo pienso que la escritura de la Biblia es incluso anterior a…

—¡No pienses! ¡No has comprendido! La traducción podría ser deficiente. No estamos hablando de la simple escritura de un libro, sino de un libro viviente. Mira esto: “Una de las sectas heréticas más radicales rompió con los preceptos de la tradición judeo-cabalística. Fueron condenados por sostener la creencia en un único Dios-Libro. Es posible que algunos hayan escapado, huyendo en dirección al suroeste, hasta el archipiélago griego, donde habrían excavado galerías subterráneas que terminarían convirtiéndose en el famoso laberinto de…”

—¡Pero, es que toda la tradición cabalística tiene fundamento en el libro como Dios! ¡Sólo estamos perdiendo el tiempo!

—No entiendes nada. Escucha, para la cábala el Libro-Dios no es más que una metáfora. Pero, para esta tradición oculta, el libro es Dios mismo y el secreto de la inmortalidad. ¡Pero para probarlo necesito encontrar ese libro!

—Ese libro no existe. Estás mintiendo, dijiste que aparecía en el catálogo, pero he agotado todas las posibles coincidencias y no hay nada. Es mentira.

—[…]

—Bueno, es verdad… mentí sobre lo del catálogo. ¡Pero te digo que el libro existe y está aquí! ¡Porque…! Porque…

—Vamos, ¿ahora qué vas a inventar?

—Porque yo lo soñé… ¡Es verdad! ¡El libro está aquí! Sólo necesito que tú lo encuentres por mí.

—¿¡Y por qué tengo yo que resolver tus sueños!?

—La flor ultraterrena que devuelve la vida a los muertos, ¿recuerdas? Los símbolos arcanos hablan del hacha de doble filo, que es en realidad un libro abierto… ¡Esa flor es El Libro! Pero, para traerla del más allá hace falta una llave, un código. Esa llave es lo que conocemos hoy día como código genético

—¡Estás enloqueciendo, maldito nazi! Has visto demasiadas películas de Bergman. Yo me largo.

—¡…tú tienes ese código! ¡Espera! Dijiste que tu abuelo tenía sangre judía… ¡entonces tienes una llave! En mis sueños yo encontraba una de las llaves y ahora te he encontrado a ti. ¡Sólo tú puedes traerme ese libro!

—Y déjame adivinar, ¿no está por aquí, verdad?

—No. Pero puedo conducirte hasta el Laberinto…

—[…]

IV.

—Ahora relájate. No pienses. Concéntrate en dormir, sólo en dormir.

—Necesito saber cómo es tu libro…

—No. Lo sabrás cuando lo encuentres. Yo te guiaré a través de los cuartos, por medio de los símbolos que iré trazando a tu alrededor mientras sueñas.

—Sigo pensando que deberías ser tú quien se meta en tus propios sueños…

—Quédate tranquilo y respira. La noche apenas comienza y los caminos de la muerte son intrincados.

—¿Cómo resolveré el Laberinto?

—Con el tiempo. Todos los caminos son el mismo. Sólo dime una cosa ¿te asustan los perros? El sendero que lleva a la Ciudad de los Muertos está guardado por el espíritu del señor de los perros. Es inofensivo para los condenados, pero con los intrusos suele ser muy celoso y voluble. Si lo encuentras prosigue firme y no retrocedas. Perderte es su trabajo.

—Ahora silencio. Con este primer símbolo te serán revelados los caminos que conducen a la última de las moradas.

V.

Los primeros rayos del sol pasaron por entre las persianas. El olor de los libros se hacía más intenso conforme avanzaba la luz del día. Estaba soñando que un perro lo olisqueaba, recargando contra su costado el hocico duro. Era uno de los conserjes de la biblioteca que lo estaba picando con su escoba.

—¿Y usté qué? ¿No tiene casa o qué? ¿Quién chingá le dio permiso de quedarse a dormir aquí? ¡órale órale! ¡A rayar el piso de su casa, escuincle cabrón este! …inches chavos, me cai.

Vio la losa del piso emborronada de un gis nacarado. Todavía alcanzaban a distinguirse círculos y cuadrados superpuestos. La náusea le hacía ver el conjunto de trazos como los engranes de una precisa maquinaria cósmica que conservara aún la inercia de su impulso primordial. Había algunos libros botados de sus estantes.

VI.

En la noche hablaron aparte. La música no era buena, y no había dinero para tomar mezcal.

—Es importante que trates de recordar los detalles ¿Qué fue lo que viste?

—Todavía me duele la cabeza. Vi…

Vi que las puertas de la Casa de la Muerte son dos Por una se llega a ver lo que hay dentro La otra es sólida y tiene echado cerrojo

—¡Sigue!

Soñé que estaba muerto y era el sueño más hermoso de mi vida Porque yo sabía que estaba muerto y mi espíritu flotaba sobre el mármol de las losas Recuerdo que sonreía porque era feliz

—¡Demonios, no! Pero dime ¿estabas realmente muerto o te veías muerto a ti mismo? ¡Si te veías significa que entonces no estabas dentro!

Luego desperté y supe que estaba vivo y quise regresar Pero cuando llegué otra vez las puertas estaban cerradas y yo quería entrar porque quería estar muerto Pero no podía Sólo podía ver adentro porque por esa puerta se podía ver pero no pasar

—¡Aaah que su puta madre! […] ¿Estás seguro que tu abuelo realmente era judío? ¡A lo mejor sólo era otro asqueroso polaco…! Habrá que probar otra vez.

—Pero esta vez iré solo. Ya conozco el camino.

VII.

Era muy temprano. Recuerdo que la mañana estaba helada y la niebla volvía a cerrarlo todo a la vista. Las flores del camino a la cima estaban negras y maceradas por el hielo. Cuando llegué, él ya había traspasado la baranda de piedra. La vigilancia mal pagada no se atrevía con este clima. Necesité acercarme mucho para saber que me esperaba de pie justo al borde del acantilado. No alcanzaba a verle los ojos. Su voz resonó terriblemente impersonal, amplificada como un eco por el vacío a nuestro alrededor. Esto fue lo último que me dijo:

Las murallas que rodean la Ciudad son infinitas y cíclicas pues no hay modo de entrar por voluntad en ella Pero en la noche del banquete de los muertos de entre ellas se verá levantarse las dobles puertas Para los convidados bastará una llave sola pues les hará pasar y no volver Pero el que quisiere volverse procure una segunda llave y distinta a la primera

—Entonces, lo has traído ¡Lo trajiste! ¡Déjame verlo!

pero el tiempo que allí se entre es poco y recuérdese bien esto Que las puertas vuelven a cerrarse y mudan su cerradura con cada amanecer Y aquel será cautivo por siempre entre estos muros y escuchará aullar a los perros que a lo lejos lamentarán a coro su miserable suerte

Aullidos y ladridos lejanos empezaron abajo. Venían en camino.

—¡Date prisa! ¡Baja de ahí! ¡Me cagan esos cochinos perros! ¡Aviéntame el libro!

Tenía que traerlo de regreso a como diera lugar. Pero cuando dio el primer paso hacia atrás me heló el espanto, si eso aún fuera posible. Yo juraba que no habría más terreno bajo sus pies y lo vi flotar entre la niebla como un fantasma. Algunas piedras rodaron cuesta abajo enfureciendo a los perros.

Brinqué la baranda manoteando a ciegas, como si creyera posible apartar de mí esa cortina pegajosa. Resbalé una vez y de milagro no se acabó la piedra bajo mis pies. Quedé completamente paralizado. Él me habló una vez más:

soñé que estaba muerto y era el sueño más hermoso

—¡Dame la mano! ¡Apúrate!- Le grité. Ya no me escuchaba.

Soñé con un libro dorado… en Él está escrito todo lo que es Ha sido y será En él estábamos tú y yo Y estaba escrito este día Pero sus páginas fueron redactadas por la mano de un hombre muerto y por lo tanto pertenece a la Biblioteca de los Muertos Y hay sólo una forma de traerlo a este mundo

 

—Aquí está el libro que me pediste…

—¡NO! ¡Imbécil! ¡NO!

               

Permanecí inmóvil. El largo tiempo que pasó hasta el primer impacto no lo puedo explicar. Debe ser un fallo del cerebro o algo. Fue un golpe solo. Un solo crujir como de rocas o de huesos o de ramas verdes.

El libro quedó en mis manos. Menos algunas páginas sueltas que siguieron flotando mucho tiempo después de que los conserjes lograran quitarme de encima el montón de perros enloquecidos que ya empezaban a arrancarme la ropa a mordidas.

Ayer tuve otra vez el sueño de los cuartos.

— TELÓN —

-Dedicado a la Bandera Púrpura [2005-2012]

(Continuidad de la Creación) [Locus Solus] [090614]

1.

 

Cuando digo que no acepto esta realidad no es porque niegue a la realidad en sí misma. Quiero decir que la realidad es la misma, pero que su orden está equivocado. Que no es la realidad lo que está mal, sino que existe otro orden de ella misma cuya manifestación me rechaza [¿Puede ella rechazarme o yo la rechacé? ¿Puedo elegir?]. Como una categoría de lo posible de lo que ha sido perdido en algún punto, fuera del tiempo. De cierto modo preguntas y respuestas coexisten en el mayor desorden de las cosas. Mi tarea entonces es reenlazarlas una a una; sin embargo, es tanto el caos y tantas las preguntas y respuestas equivocadas, que la posibilidad de encontrar y enlazar un par de ellas es incluso infinitamente mayor que la misma de que éstas sean las correctas. Así, seguramente recorreremos tantas existencias como probabilidades hay de fracasar en nuestra busca y nos encontramos condenados a vagar por eones en los que el sentido de nuestra existencia, si existiera tal cosa, no se distingue de cero. Aún así, hablamos de cuantificables, de una cantidad o un tiro de dados y por esto existe una singularidad a pesar del infinito: hubo o habrá un acontecimiento singular que define el sentido de la Creación y la justifica, pero es tan pequeño que seguramente pasará desapercibido en su importancia y lo demás seguirá rodando por la nada, sin nada que lo detenga, sin acelerar ni desacelerar y sin cambio alguno en su inercia interna. Hubo o habrá (quizá sucede ahora mismo) un mendigo que dio limosna a un hombre rico o un asceta que probó a escondidas un grano de arroz…

La esfinge y el minotauro se reparten los despojos. Uno devora mis preguntas mientras el otro atesora mis respuestas. Su duelo es infinito o lo que se parezca más al infinito.

.

.

.

 

SÓLO LLÁMENLO.. (Certamen de Infamias) [050614]

.

Decidí montar un acuario. Compré una pecera. Siempre me han aburrido los peces domésticos, dije al dependiente. Preguntó por mis hijos. Yo le ofrecí mi American Express.

Incluir caníbales y asesinos me pareció redundante. Descartamos a la piraña, al cirujano y a las morenas. Acarició su barbilla y guiñó un ojo. Creo saber lo que busca, afirmó. Él aguarda por su cliente, sí… Venga conmigo, dijo.

Lo seguí. Habló de ignotos y vandálicos peces tropicales; del taimado pez cuchillo, que apuñala en los recovecos; de oceladas rayas subterráneas de intocable cauda; ponzoñosos y clascistas besadores…

Me descubrí absorto en la contemplación de una actiniaria luminosa. Deslizaba mis dedos apenas rozando el cristal de un extremo a otro muy lentamente, imitando el ritmo elemental de aquel prodigio. El zumbido multiplicado de innumerables lámparas, bombas y filtros me sumergió en insondables pensamientos…

Dedujo el riesgo que implicaba permitir que mi imaginación volara más rápido que mi chequera. Dijo entonces pez león o pez escorpión, o dijo león y escorpión en un solo pez… Aquello me sugirió el chocante concepto de una quimera o, lo que es peor, una quimera marina.

Quiero mostrarle algo, dijo, pero le advierto que es costoso. No entendí si se refería a la compra o a la mera contemplación. Esto va a interesarle, sí… Él aguarda por su cliente, repitió. Acompáñeme. Le advertí que la mueca de marinero no era necesaria.

En el almacén, bordeando el último par de anaqueles. Él llegó hace unos días… de las duras y heladas aguas de Suecia y de Finlandia… de las recónditas entrañas de la tierra… de entre los caprichos retorcidos de la naturaleza… Vi una pecera mediocre. Al centro, un castillo morisco, rodeado de pardas algas deshilachadas. Dos aspectos despertaron mi curiosidad: el tanque se encontraba iluminado por una lámpara de luz negra y, en él, aquella agua opaca, que más allá de no haberse filtrado jamás, sugería la presencia de un soluto duro y fino, siempre suspendido allí.

Esforzándome, apenas distinguía nada a través de esa agua nebulosa. El dependiente se llevó la mano izquierda al bolsillo de su camisa hawaiana, como quien se prepara a tomar nota o emitir una factura y, para mi desconcierto, extrajo una aguzada pieza de metal, que imitaba un arpón en miniatura. Ahora lo verá, me dijo.

Con aquel extravagante instrumento comenzó a rasgar la tela del agua, marcando breves y veloces círculos sobre su superficie.

Algo debió agitarse allá en el fondo, despertando entre la maleza; y de la bruma, levantando una nube de cieno, emergió de nuevo ese diablo furioso. Quise inclinarme sobre la pecera, pero no demasiado, me aconsejó. Aguarde. Extrajo de su bolsillo un manoseado libro de proverbios y arrancó una página al azar.

Yo me debatía por cercar en mi mente la idea de aquel bicho relumbrante. Debía poseer para tal efecto una piel excepcionalmente blanca, concluí. Mi arponero sonreía mordisqueando su acero, en tanto ejecutaba audaces dobleces sobre la hoja, hasta que de sus manos emergió quieto un altivo barquito de papel. Con delicadeza lo posó sobre la superficie, mientras intentaba explicarme algo sobre la ingeniería genética o la clonación en su lengua incomprensible.

Entonces, la diminuta bestia calculó la distancia hasta nuestra embarcación y, en medio de una calma que me pareció insoportable, arremetió furiosa contra el instantáneo ballenerito, aplastando en su camino las cuadernas de estribor, justo por debajo de la línea de flotación, para finalmente, luego de un soberbio coletazo, enviar al fondo del anónimo océano aquella suprema obra de la ingeniería humana.

Ya el barquito desplegábase lentamente bajo el agua y aquel perverso espécimen descendía satisfecho a sus secretas oquedades.

Me obsede la sospecha de que, tras aquellas algas enfermas y esa agua casi mineral, su ojo vigilante no dejó nunca de observarnos, hasta que por fin salimos del almacén.

Tardará un par de semanas, dijo, sin dejar de guiñarme. Sólo llámeme… Estreché su mano como quien cierra un buen trato …Sólo llámeme, repitió.

Miré en el gafete de la tienda de mascotas que iba prendido a su chillona camisa… ¿…Ismael? No, replicó tomando la amarillenta identificación con los ganchudos dedos de su mano izquierda. Con extrañeza, la observó un momento y raspó lo que pudo ser una mancha de chocolate reseco sobre el enmicado: Israel, reconvino.

Esto me pareció ya excesivo y abandoné enseguida aquella tienda.

.

..para Hugo

..para la familia Posadas-Hernández,

esforzados acuicultores.

.

* * *

 

Imagen